Una flor de cemento se alza con firmeza en una esquina de la Sagrada Familia donde las aceras dibujan un mosaico de panots y charcos. La flor de Barcelona florece sin importar las estaciones, como si fuera un eco pétreo de la misma esencia de la ciudad condal, resistente y atemporal.
Sobre el frío adoquín descansa una hoja seca. Abraza la dureza de la piedra con una devoción inesperada, como si hubiera encontrado en la aspereza del cemento un refugio improbable, un consuelo en medio del viento y del frío que lo envuelve. Allí, en la intimidad silenciosa de ese callejón, la flor y la hoja comparten su soledad, camufladas entre el eco de las campanas y el murmullo lejano de los turistas, que buscan refugiarse de la lluvia bajo la imponente silueta de las torres de Gaudí.
El tiempo parece detenerse en este rincón donde la efímera existencia de la hoja se consuela con la eternidad del panot. Y aún así, la pregunta persiste suspendida en el aire húmedo: ¿Cuánto más deberán esperar para volver a ver el sol brillar? El invierno no es más que una promesa lejana de días luminosos y cielos abiertos, un horizonte que se oculta tras las nubes.
Poco a poco, la espera se desvanece, como las últimas gotas que resbalan por las gárgolas de la basílica. En Barcelona, bajo el manto de los días grises y la caricia fría de los otoños mojados, la felicidad sabe ocultarse en los pliegues más pequeños. Es una alegría discreta, que florece sin necesidad del sol, brotando en los detalles más humildes: en el brillo fugaz de un charco, en la música de las hojas secas que crujen con las pisadas.
Es la dicha secreta de aquellos que han aprendido a sonreír en medio de las aceras húmedas y los callejones desiertos, la osadía de descubrir destellos escondidos entre el cemento y el polvo del tiempo. Un fulgor que quizás tarda en revelarse, pero que palpita sin tregua, bajo la lluvia que cubre a la ciudad con un abrazo eterno.

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