Mi pulsión de escritura

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Ya no sé por qué escribo. Es como si ese impulso que antes me quemaba se hubiese ido apagando poco a poco. Siento que he perdido esa voz que antes susurraba en mi mente, trayendo palabras desde lo más profundo. Hoy, en cambio, escribir se ha vuelto una tarea pesada. No encuentro el momento ni el rincón donde las palabras se atrevan a aparecer. Antes, ellas venían a mí; ahora yo soy quien las busca en vano. Algo ha cambiado, algo me ata, me silencia, como si una bruma espesa impidiera el paso de los pensamientos y las imágenes que el mundo me inspira… o quizá ya no me inspira. Es curioso: cuanto más árido era el terreno, más fértil parecía mi escritura. Hoy estoy donde siempre soñé estar, con la familia que imaginaba en mis noches solitarias. Debería ser este el momento en que las palabras fluyan como un río de gratitud. Sin embargo, no es así.

Quizá he descubierto que para mí, la escritura es una puerta secreta, un umbral por el que huyo cuando la realidad se vuelve sofocante. Cuánto más necesito escapar, más me aferro a la pluma, como quien construye un puente hacia paisajes que solo existen en sus sueños. Tal vez sea esta la razón de mi bloqueo: un extraño desacuerdo entre el ser feliz y el acto de escribir. Y no puedo evitar pensar en los escritores, en su danza perpetua con la tristeza, en cómo la escritura parece una sombra que requiere soledad y oscuridad, y cómo, si no estás preparado, puede llevarte a senderos sombríos de angustia y desolación.

Aun así, me resisto a renunciar a este arte que me habita. Hay algo en mí que me empuja a llenar el silencio de cada página en blanco, como quien planta un grito mudo en medio de un vasto desierto. Me propongo entonces escribir también desde la felicidad, desde la calma de mi presente, no para transformar mi realidad, sino para atraparla, para crear en cada palabra una suerte de eternidad. Que la escritura se convierta en un puerto donde pueda anclar mi vida, y sea a su vez un destino, un faro al que otros puedan arribar cuando busquen refugio.

Escribo para eso. Para tender puentes que lleven a quienes lo necesiten hacia otros mundos, hacia otras formas de ser y soñar. Comprendo que escribir no es solo una necesidad mía; es un compromiso con quienes buscan luz. Así como la medicina sana cuerpos y la educación moldea mentes, el oficio del escritor es sostener las ilusiones de quienes sueñan, alimentar las almas que buscan belleza. Ese es mi anhelo último: embellecer la vida, nutrir los sueños y tocar el alma de mis lectores.

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